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A mi madre
Era tu voz labrada del silencio
y vive en mí, perpetua.
En la incógnita vena azul de tu mano
se deslizaban, yo lo presentía,
nuestros destinos, cómplices.
Y en la estela antigua de tu risa morena:
muda pregunta de pirámide y arcilla.
¿Cuánto supiste qué guardó el silencio?
¿Por qué ocultaste el temporal que cae
sobre la inacabable lucha de tu pueblo?
¿Desde qué eternidad aprendiste el olvido?
El mismo que aprendieron aquellas que vigilan
bajo las blancas cruces milenarias
en la furtiva noche de los buhos.
Sin queja entre el quehacer del día,
vuelos de niñas,
rezos, novenas, paseos de domingo
y fiestas de guardar,
parecías alondra disfrazada
de ama de casa,
náufraga sílfide de canto triste
entre muebles y polvo,
carbón en la mirada.
Tiernos recuerdos y noches en vela
trocaron la obsidiana de tu pelo
y se esfumó tu juventud por siempre.
Mas para mí eres luna nueva,
eterna en la memoria
y en mi sueño que siempre vigilaste
como ahora vigilan silenciosos
los ojos afligidos de este pueblo.