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En los plenilunios me llego al boscaje,
de ensueños henchida la imaginación,
y frente al milagro de luz del paisaje
me siento muy niño, más cerca de Dios.
Arriba es la gloria de soles que alientan
de los universos el firme avatar,
y en su peregrino esplendor me cuentan
los graves arcanos de la eternidad.
Es la confidente de mis hondas cuitas
la luna que baña de paz mi jardín,
trayendo a la mente memorias benditas
de aquellas andanzas de amor en abril.
¡Juventud que añoro! Pobre ilusión loca
que en mi alma dejaste destellos de sol;
mieles y rocío había en tu boca,
divinas ternuras en tu corazón!
Bajo el verde palio de los cocoteros
la dicha es morosa, el dolor fugaz.
Aquí sólo rigen del honor los fueros
y no turba el pecho el bastardo afán.
Muda oración santa alzándose al cielo,
la cima enjoyada por la Cruz del Sur,
es la azul montaña que finge mi anhelo
de paz, de sosiego, y de excelsitud.
Cuando de las aves escucho los cantos
en la hora radiante del amanecer,
pienso que este mundo no es valle de llantos
y que la existencia es supremo bien.
Ciudad, madriguera de lobos humanos,
que nutres y alientas la codicia vil,
no vales el pájaro que ronda mis llanos,
ni la rosa humilde que hay en mi jardín.
Entrad en mi tímida y frágil cabaña
que alcé con cariño tras un platanar.
Mi choza de nipa, mi choza de caña
os dará un tesoro: el alma natal.
Arriba
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