por entre la verde infinidad de generaciones
del grácil bambú
el baile sutil de los tantos cuerpos esbeltos
que se dirigen e intentan alcanzar
el firmamento azul, resplandeciente
te mueve el alma dormida
un sendero: una alfombra espesa y milenaria
de hojas desteñidas, casi blancas
fantasmas inmóviles que una vez eran
frescos brazos de la primavera
saludan con su cuchicheo y siempre mansas desde nacimiento
se ajustan al paso de los caminantes
que callados, lenta y ligeramente vuelan
escuchando la serenata discreta
de murmullos y silbidos suaves
reverberando en este mundo
donde el hombre está de paso
y no es nada más que un viajero
dueño de nada
los mensajeros dorados del sol penetran la verde espesura de las vigilantes hojas
por unos segundos
se sostienen en el aire felices
exquisitos destellos solares
después caen
y se esconden en los fósiles de las hojas caídas
y los caminantes siguen callados
al asir los secretos
que susurran las hojas al temblar
pero ellos no pueden detenerse tanto
no pueden quedarse
tienen que seguir caminando
o si han aprendido
vuelan
por este bosque antiguo
hasta oír
la canción ondulada de un río lejano
que los llevará
a otros bosques
y luego
a otros ríos
y así siguen los bambúes
con su baile y serenata
en su mundo donde el hombre
no es dueño de nada, nada