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La pérdida de Alá

Tunis, África del Norte, 1997

Temprano en la mañana. Como siempre.

El sol amenazaba con cubrirlo todo, calentándolo cada vez más fuerte hasta hacia el mediodía, cuando se hacía intolerable.

Sonidos idénticos venían cada día con la luminosidad solar: el despertador, los pasos del esposo al baño pequeño, el ruido predecible en el excusado. Desde la cocina, el agua hirviendo, los utensilios de comer puestos en la mesa.

Leila esperó que su marido se lavara en el estrafalaria ponchera con agua limpia, usando la misma agua para asearse ella. Terminó lanzando afuera el contenido hacia las calles empedradas.

Las palabras entre ellos faltaban, no eran necesarias. Después de años, no había que agregar.

El esposo levantó la mano en un gesto silencioso de “adiós”. Se detuvo ante la puerta, por un rato más largo que de costumbre, tratando de llamar la atención de Leila, pero no encontrándola, se dio vuelta bruscamente y salió.

Aziz era un buen marido y un buen obrero. Trabajaba de artesano; cientos de platos de cobre pasaban por sus manos. Tallaba diseños originales, los pulía, raspaba imperfecciones, corregía líneas indeseables, hasta hacer un producto perfecto. Ni una distracción lo interrumpía. Su intensidad lo guiaba hasta que terminaba.

Porque hoy debía terminar.

Abdul era el supervisor de Aziz. El jefe seguía la rutina diaria dando rondas para examinar el progreso de los trabajadores en la calidad de producción que aseguraría mayores ganancias. Nunca se preocupaba de Aziz. El joven permanecía pegado a sus labores hasta el mediodía, cuando él y sus compañeros se rendían a la hora de las plegarias durante el almuerzo. Tímido y de confiar, había pedido hace años atrás, tres días de vacaciones para contraer matrimonio. Sonreía entonces y estaba algo distraído. Sólo una vez se le vio así.

Abdul se preparó a cerrar con llave la tienda. Con el taller ahora vacío, caminó al baño.

¡Qué extraño! Alguien había apagado la luz que siempre permanecía encendida. Fue al generador.

No estaba descompuesto.

–Un corte circuito–¿pensó y entró al excusado.

Un bulto pesado lo golpeó de repente, haciéndole retroceder. Saltó atrás temeroso de ser atacado.

Se calmó por un instante, recuperado.

Con cautela, Abdul abrió la puerta. Allí, suspendido por las cuerdas que usaban para amarrar pesadas cajas de mercadería colgaba Aziz. ¡Ahorcado!

–¡Oh, no Alá, Alá, no, no!–¿gritó. ¿Debería bajarlo para cerciorarse si aún estaba vivo?

Mirando de cerca los opacos ojos de la muerte se convenció que Aziz había dejado este mundo.

Regresó del taller con un par de tijeras cortando las amarras mortales que suspendían al obrero. El cuerpo cayó pesadamente sobre él, arrastrándolo al suelo. Abdul aulló al contacto físico con el muerto, empujándolo fuera de sí.

El cuartel de policía quedaba a unas pocas cuadras del taller. El jefe llegó cojeando, azorado y sudoroso. Quería que lo atendieran de inmediato, pero el policía de turno levantó su mano.

–Debe Ud. esperar, hay otros aquí antes que usted. La justicia toma tiempo– pronunció solemnemente.

Pasó una hora y otra. La estación de policía comenzó a llenarse de gente, la mayoría con quejas por robos.

La mente de Abdul retornó al sitio de la tragedia con Aziz solo en la tienda, habiendo traspasado las paredes de la vida a la muerte. ¿Por qué? ¿Por qué?

Leila completó sus quehaceres domésticos y consultó su reloj de pulsera. Lo había encontrado en el suelo en el bazar Medina –algún turista lo habría perdido. Era un buen reloj. Las horas, minutos y aún la fecha en un circulito le daban gran gusto, medían su vida diaria.

Trajo agua fresca en un balde, se despojó de sus vestiduras aplicando agua de jazmín en su cuerpo. Se puso el mismo vestido viejo, tirándolo con fuerza. Y en seguida, el velo.

–¡Lo odio, lo odio! Se despojó del velo-jeela, rompiéndolo. Mirándose fijo en el espejo, Leila vio a una bella mujer de 22 años, de enormes ojos negros en una cara pálida de labios sensuales. Se pasó las manos por los contornos de su cuerpo, palpó todo su ser; formas de carne y huesos, senos protuberantes, y su corazón ubicado tan profundo, pero siempre latiendo. ¡Qué decepción le había traído! Un corazón rebelde ante las imposiciones en su vida, escondiendo un secreto que nunca podría revelar. Podría costarle. Siguió pensando en su vida pasada, el presente golpeándola con su realidad, diariamente.

De niña, sus preguntas le habían acarreado bofetadas de su padre y miradas angustiadas de su madre. Entonces, se olvidaba de las reglas, preguntaba y se la castigaba otra vez. La jovencita se habituó a empinar los codos y proteger la cara. “Silencio” se decía.

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